"La vida es como un cuento relatado por un idiota; un cuento lleno de palabrería y frenesí, que no tiene ningún sentido"

martes, 8 de enero de 2013

Rigoberto: monólogo debajo de un trupillo




Fuente: Dipity.com

-       ¿Me preguntas qué de donde sacó Dios la tierra con la cual hizo el Mundo?  -

-Te respondo: yo nunca he discutido con nadie, tengo una mente facultativa que no me permite hacerlo. Y tú sabes que he sido siempre un hombre de racionamiento. Es por él que he podido identificar las distintas clases de inteligencias que andan por el mundo como el volante cometa. ¡Je mente la mía a la que nunca se le ha mojado la pólvora! ¡Carajo ¡ mente que tengo guardada en mi cabeza que nunca ha sufrido de esa enfermedad que llaman torpeza.  Te digo que existen dos clases de inteligencia. ¿Qué cual es la mía? Hombre la ligera, porque soy capaz de componer versos mientras tú no haces uno solo: “Mi mente que pensaba/ y mi Dios que la guiaba/ y enseguida le hice un verso/ que tan linda luz dejó en todo el mundo”. No te olvides que la inteligencia es cosa de esforzar porque ella nace bruta. ¡Eso es verdad¡ Bruta como aquel que creé que toda cabeza es un mundo; Noooooo, lo único cierto es que cada quien tiene en su cabeza un pensamiento distinto.

- Pero, Rigoberto, aún no me has contestado la pregunta de donde sacó Dios la tierra con que hizo nuestro planeta 

-Rigoberto mostró en su rostro el rictus de la rabia y riposto en voz alta: ¡Mira Gabrielito¡ el hombre alcanza a dibujar el mundo en un papel pero jamás lo pone a temblar  como lo hace la naturaleza. Hay que contemplar la  naturaleza. Para eso me levanto todas la madrugaditas a observar el cielo y, caramba, me doy cuenta de cómo caen  a la tierra pajitas encendidas. Me da miedo que incendien, a horas tan incompetentes, mi casa de techo de palma. –En las madrugadas cuando salgo en mi burrito, camino a la roza, comienzo a contar las estrellas que alumbran el cielo, una por una. Me doy cuenta que hay demasiadas. Se me repleta la mente de palabras y la garganta de deseos de hablarlas: hasta me da miedo  que  me atraganten y me ahoguen.

- Rigo, perdona que te interrumpa, -Exclamó Gabriel abanicando un sombrero- pero después de tanto vocinglear no me has respondido ¿de donde fue que la sacó?

– ¡Oye Gabriel! no creas que lo semejante es igual a lo parecido-. Yo nunca discuto, para eso soy un hombre facultativo. Es que si me hubieran enviado por más tiempo a la escuela, vea por esta región no existiera bachillerato, de esos que se gradúan todos los años, que me viera la cara en conocimientos. Pero, que va, después que a Papa lo sacaban del empleíto que siempre le daban en la Alcaldía, el sostén de la casa eran ocho tetas de una vaca que no daban leche ni para el café del desayuno; como iba a llegar lejos en la escuela. Con los más grandes sacrificios fui a la escuelita privada que tenía Ana cerca de la plaza de este pueblo. Ahí aprendí a contar. Como no lo iba a lograr si me pasaba toda la tarde detallando los piojos que caminaban en la cabeza de la seño mientras ella pretendía meternos las vocales en la mente a punta de jalones de “pela dientes”. Y que conste que la merienda que llevaba a la escuela era una batata asada y una botella de agua, porque en la casa no había plata ni para comprar una cocada de esas que le decían “tejas”. Vea, nunca tuve un profesor “antinglado” y no pasé de la letra “P” en la cartilla de cartón, pero, ¡carajo! si hubiera pasado de esa letra, mejor ni lo digo ¡Es que mi mente siempre he sabido llevar la minuta de lo grueso con lo delgado!. 

Después de unos segundos de silencio Rigoberto retomó la conversa con un notable tono de aclaración: ¡Hombre!, pero no creas tu que siempre fue así. La mano se nos compuso un poco cuando nos dimos cuenta de que el vecindario se levantaba todas las madrugadas a trabajar después que Papa estornudaba a la misma hora. Era un puntual despertador, el gallo de la cuadra. La situación se nos compuso después de que los amenazó con no estornudar más si no compartían con él el café con yuca harinosa que se comían después del exhalo.  

El rojo del cielo veranero se mezclaba con las ya escasas hojas del trupillo,  dandole a la conversa una mezcla de sutiles luces y profundas sombras, cuando se escuchó nuevamente la voz de Rigoberto: Vea Gabrie, la mente es de esforzarla. Un día me levanté en la madrugada, tempranito, a la hora de siempre, de pronto vi el mundo iluminado como si la noche fuera día; ahí fue cuando me di cuenta de que cuando Dios hizo el mundo lo hizo de un “solape”, por eso apenas lo están descubriendo.

La tarde moría. La noche portaba entre sus manos la sabana de la oscuridad para tapar los rayos solares que aún trataban de introducirse por las hendijas del día. Se hizo el silencio. Rigo echó un vistazo alrededor. Notó al silencio. Entonces comprendió que Gabriel había abandonado el lugar de la controversia, se había ido. Sin embargo a solas exclamó:

-¿Qué de dónde sacó Dios la tierra? no lo sé; pero de que la hizo, la hizo, porque ella no ha podido formarse sola. Pero, eso sí, me tienen que decir si Dios es negro o blanco, ¿cómo es?  lo deseo saber. -Es que la historia sagrada tiene déficit: si Adán y Eva tuvieron dos hijos varones, entonces ¿cómo se reprodujo la humanidad?.

Hizo silencio y en medio de la oscuridad, que era más incesante, observó el sendero por donde debió partir su interlocutor, se encaminó hacia él, compaginando la siguiente composición: Como yo se los decía/ de todo corazón/ voy por la misma vía/ a visitar al sol.

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