![]() |
| Fuente: Detalles de mi andar |
Cuando
la paloma sintió en sus huesos el peso de las edades acumuladas y del trajín de
una vida envuelta en frenesí y ansías sin contención, supuso que había llegado
el tiempo de los juicios y las valoraciones. La hora de sentar cabeza. Creyó
que su existencia terrena debía realizar el mayor numero de ejercicios
espirituales posibles que le permitieran concretar una nueva vida; la de ave
sola y anciana. Pero que va, el surgimiento de algunas circunstancias la llevó
a hacer la lectura equivocada de
los hechos que vivía. Decidió continuar por el sendero de
siempre, atender los deseos agotadores que removían sus entrañas y la cundían
de ansiedad.
Las
primeras luces de su lonvegidad las contempló cuando confundió el rumor de las
aguas del río rozando las piedras amarillas del puerto con el sonido de un
grupo de aves que volaban hacia un
alar distinto al suyo. Aves que habían gozado, de manera continua, de las
experiencias que la paloma acumuló desde que principió a practicar el arte de
complacer a quienes buscaban satisfacerse a través de su nido obsceno. Eran las
mismas que ahora procuraban encontrar un atajo por donde hallar aves distintas
a ella. Para entonces su época de esplendor, cuando se hablaba en toda la
región de sus poses y gemidos al
momento de complacer al palomo que le acechaba con desparramados deseos de
poseerla, era casi una anécdota. Refulgente tiempo de amor y felicidades que la
moldeó como dama voluptuosa, que
la hacía acceder a sentimientos sin detenerse a observar limites, sin ver el tamaño o el color,
sin recatos frente a los humores; lo suyo era el cumplimiento de unos
sobresaltados sueños mojados.
Se
percató de la existencia de
las sombras de su ocaso cuando el silencio de la
soledad fue abordando, palmo a palmo, el ámbito de su alar. Entonces
precisó indagar sobre el
desarrollo de los acontecimientos que sus ojos nubosos no le permitían
observar; pero que sus oídos percibían como un rumor de voces ajenas. Entonces
tomó la costumbre de encontrar en los rumores de la madrugada, el conocimiento de los hechos que urgía
averiguar. Y apeló al escrutinio de las señales y al rugido de los vientos atravesados del río de las tardes,
queriendo adivinar lo que requería conocer sobre los
acontecimientos que sus ojos brumosos no observaban. Y dio unos pasos más allá
de la sombra de su alar, y fue a enterarse de donde provenía aquel murmullo de
voces de frágil entonación; y supo que esas palabras provenían de un grupo de
aves de engreído vuelo que procuraban tomarse el ámbito que hasta entonces fue sólo suyo. Y supo que esas palomas
vestían con un plumaje de mil
colores que las hacía inmunes a las inclemencias climáticas del verano;
inclemencias a las que tanto les
temía, para las que nunca estuvo preparada.
Y
también conoció que el surco por los cielos de estas nuevas pájaras era ágil, aún
navegando contra las ostentosas brisas ribereñas. Luego de tantos ejercicios
informativos aceptó la validez una muy bien elaborada lista de nuevas palomas
con apetitos sexuales cambiados, todas dedicadas al arte de amar
frenéticamente, como solo ella, hasta entonces, lo realizaba.
Surgió
por los alares de los nidos contiguos al de la vieja paloma un runrún de voces
ajenas a la de la paloma. Suponían aquellos diálogos que para ésta cursaba el tiempo de los
análisis; análisis sin que decisiones prontas la llevaran a desbordar las aguas
inquietas de sus ansias. Se decía, a su espalda, que era tiempo de que
interpretara el color a mango amarillo de sus sueños nocturnales. Pero no,
queriendo superar el peso rígido de los calendarios acumulados en su biografía,
dispuso de aferrarse a las experiencias obtenidas en el ir y venir de sus horas
existenciales, tratando de recuperar el espacio perdido con las otras, que aunque
novicias en los asuntos del amor,
poseían la juventud que desde hacía mucho tiempo se le había escurrido por debajo de la puerta de los días
pasados a lo largo de su existir. Se sujetó a los imperiosos y distintos
motivos para amar y ser amada; empero, al final, después de tantos artilugios,
se quedó, tan solo, con el paladar invadido de un sabor carnal a macho ausente. Sabor que se le
explayaba cuando escuchaba la música de los discos viejos de las madrugadas de
la luna llena.
Sabiéndose
derrotada aplicó nuevas formulas para recuperar el prestigio de magnifica amante que una brisa con
olor a carne nueva se había llevado hacia el horizonte del olvido. Entonces
hurgó entre viejos papeles que conservaba en un vetusto baúl hasta encontrar la
receta de la buena suerte y ábrete puerta que, de inmediato, encargó a aquel
puerto de batallones de puertas impertérritas que vigilan el río, procuraba atraer hasta su alar a los
palomos cargados de virilidad y juventud que planeaban por el aire buscando
otro Norte. Trasnochó inquiriendo a la irradiación de las estrellas para que
le adivinara su porvenir. Afanosa
escribió sobre el agua plomiza de la alberca del patio los once reglones del abracadabra, suplicando que la
transformara en la dama ágil y melosa que por mucho tiempo fue. Nada era posible.
Para entonces hasta sus más fieles y antiguos amoríos habían encontrado otros
caminos por donde transitar y encontrar las nuevas grutas donde depositar sus
líquidos viscosos. Existía mucha carne novel como para desperdiciar un rato de deseos en esa pila de hueso
en que el tiempo la fue
transformando.
Cualquier
madrugada de esas la conformidad, vestida de dama sensata, visitó el alma de la
sufrida ave. Le dijo que era indispensable resignarse ante el poder histórico
de los hechos cumplidos; que cuando la historia ya es historia nada puede
alterarla. Entonces la paloma aprovechó las tardes, cuando el río extiende su
aliento monótono en el cotidiano espacio de la quietud, para recostar sus recuerdos al tronco de un árbol de carácter del hombre. Allí debajo de aquel arbusto se
refugiaba en sus historias de dama
prohibida. Recordaba que a sus quince años su cuerpo parecía un hermoso y
fornido árbol de guayacán, aunque por dentro, no era más que un horcón cuyo pie
se encontraba totalmente degollado. Se acordaba de la masculinidad de los palomos que le circundaban mostrando
sus juegos pirotécnicos. Evocaba sus pocos momentos de palomo: cuando agitaba
melódicamente las campanas en los
tiempos de la alborada y la víspera Ella, paloma rebosante de juventud, reía a carcajadas ante el aletear
perseverante de quienes deseaban ingresar a su ruta furtiva de deseos
agostadores. Pero también remembraba que después de algunos gemidos, una fría
respuesta, el peso de su papel protagónico en la vida lo convertía en un simple
resbaladero de eyaculaciones.
En
el discurrir de sus elucubraciones mentales llegaba el verano a su mente.
Tiempo en que el sol resplandece en la arena volátil de las viejas calles. Le
temía a las torpes brisas de aquella estación climática. Sin desparpajo alguno,
sin anuncios, le arrebataba el almizcle de las tinturas que sujetaba en su rostro con engreída y vanidosa disposición de dama ávida de un estremecimiento
carnal. Sus cabellos sujetados a su cuero cabelludo con diez centavos de
brillantina, sufrían con los arrebatos de los vientos calientes de la tarde. El
deleite de su perfume, aplicado
con reconocido denuedo en casi todo su cuerpo, se salpicaba con el olor a arena aluvial que el verano carga
en su andar. A cambio de esas tardes desagradables a su donaire, la noche le
resultaba parturienta de profundas alegrías.
Cuando
la noche le advertía de su llegada, levantaba graciosamente su cuerpo sobre la
punta de los pies y dando vuelta sobre éstos, hacia que sonara, al contacto con
las azules soplos ríanos, su cola de cometa de mil colores. Y su cola se
elevaba por entre el claro cielo
de las noches. Y dejaba a la cola
la voluntad de que le confeccionara el recorrido a seguir por entre las
olas menudas de sus deseos pasionales que le bamboleaban todo su cuerpo. Cada noche se vestía de carnaval. Invocaba al Dios
Baco. Volaba por entre matorrales y troncos llenos de savia. El
vuelo realizado sobre el espacio
le permitía extender sobre el aire de la noche su respiración de hembra
altanera de deseos supremamente carnal. Y la noche le entregaba a sus oídos un
susurro de amor; amor que le alumbraba lo más profundo de sus frustradas
aspiraciones de ser mujer. Después del desenfreno nocturnal, cuatro o diez
gotas de incertidumbre le recorrían el espacio de su pensamiento. La melancolía se cruzaba por su alma y
salía a indagar, con los primeros
cantos de los pájaros de la madrugada,
cuantos segundos más debió
permanecer en el vientre de su madre para alcanzar lo que siempre anheló ser, mujer.
Otro
pensamiento fue la lucha perenne por tener en su seno a un palomo en forma permanente. Palomo a quien le
hubiere entregado hasta el último centavo de su existencia. Algunas veces creyó
encontrarlo, fue más la creencia que la verdad de que perduraría por siempre a su lado. Sus deseos eran
encontrar a una pareja que
estuviere haciéndola vibrar de delirios permanentes; que le respirara en
la nuca en forma alborozada; que le erizara cada una de las vellosidades de su
cuerpo; que compartiera su vida, sus esperanzas, sus frustraciones. Genuflexa
le juraría, a diario, eterna fidelidad. En las pocas oportunidades que logró
conquistar el corazón amoroso de un palomo, la sociedad se encargó de
denominarlo peyorativamente marido. Para
entonces su gruta era un festín, su existir unas fiestas patronales de
pensamientos alegres; se desataba en atenciones y preocupaciones por complacer
a su amante. La hilaridad la hacia cantar las canciones de los juglares. Vestía de atuendos
construidos con flores de girasol para que el sol no dejara de calentar el
caldero de sus amoríos. Lanzaba
morrocotas de oro al foso de la buena suerte para que sus amores
permanecieran en un viaje feliz, con vientos favorables a través
del tiempo y la distancia. Se sentía cabalgando como una ninfa coronada en el
carruaje de Plutón, alado por los tres caballos de la noche a través de los
caminos de la fantasía. Recogía hierbas
en el campo y componía brebajes
y líquidos amorosos que regaba por el ámbito de su morada, con la fe de conservar su dichosa convivencia
marital. Amores que le colmaban el espíritu, su voluntad. Su corazón danzaba al
golpe de un arrebatado tambor que entonaba un son del Pajarito ribereño.
A
pesar de todo ese furibundo
sentimiento de felicidad que invadía su alma, la incertidumbre alcanzaba a penetrar en su mente. Cuando
esto sucedía, se presentaba el más
apretado forcejeo
entre la razón y el corazón por imponer lo que cada cual entendía como su propia verdad. Este último le decía
al oído, con voz de niña mimada, que en las vainas del amor se deben correr
todos los riesgos cuando se quiere penetrar en el corazón de quien se pretende
o se ama; que la entrega total era
la mejor arma para alcanzar el infinito sentimiento de amar y ser amado.
Que en el cuento del amor las cosas marchaban bien. La voz de la razón era varonil y a ratos le hacía crispar el
pico. Le hablaba de comprender que
tarde o temprano su ave marido extendía su vuelo hacia lo gris de una
nube repentina. Que aquel sería un vuelo sin retorno. Que un día cualquiera, su
macho arreglaba la maleta y sin un beso y sin un “mamita, no te preocupes que
yo regresos; tu sabes que los días se hacen cortos cuando se quiere estar al
lado de quien se ama”, tomaba el camino del más nunca volver. Y cuando las palabras
premonitorias de la razón, sucedían,
su llanto disolvía las pinturas, color a guiso de hicotea, que cubrían su faz.
Entonces
el matiz de su alma se desteñía como cadeneta de carnaval confeccionada con
papel cometa a la que una lluvia veraniega la sorprendía en la mitad de una
calle cualquiera, un lunes de carnaval. Las flores de Heliotropo que guindaban
en sus sienes se marchitaban, y el olor a vainilla de las mismas era reemplazo
por el sabor dulzón de la frustración que corría por todo su cuerpo. Lloraba a
gritos tendidos en el callejón de la realidad. Se flagelaba con duras
abstinencias sexuales. Se retiraba del mundo y se entregaba al sonido de las
más despechadas rancheras, y se desataba en los más desvergonzados gritos de: “horita
que me mate”. Entonces se apropiaba día y noche, noche y día del pick
up de la bocina. La noche de la conformidad llegaba a lo más hondo de su ser,
comprendía que de la ave ida solo le quedaba la certeza de que ambos portaban
iguales astas viriles, pero que el suyo, definitivamente, jamás le había
otorgado ilusión alguna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario