"La vida es como un cuento relatado por un idiota; un cuento lleno de palabrería y frenesí, que no tiene ningún sentido"

martes, 20 de noviembre de 2012

El Ocaso de la Paloma




Fuente: Detalles de mi andar
Cuando la paloma sintió en sus huesos el peso de las edades acumuladas y del trajín de una vida envuelta en frenesí y ansías sin contención, supuso que había llegado el tiempo de los juicios y las valoraciones. La hora de sentar cabeza. Creyó que su existencia terrena debía realizar el mayor numero de ejercicios espirituales posibles que le permitieran concretar una nueva vida; la de ave sola y anciana. Pero que va, el surgimiento de algunas circunstancias la llevó a  hacer la lectura equivocada de los  hechos que vivía.  Decidió continuar por el sendero de siempre, atender los deseos agotadores que removían sus entrañas y la cundían de ansiedad.

Las primeras luces de su lonvegidad las contempló cuando confundió el rumor de las aguas del río rozando las piedras amarillas del puerto con el sonido de un grupo de aves que  volaban hacia un alar distinto al suyo. Aves que habían gozado, de manera continua, de las experiencias que la paloma acumuló desde que principió a practicar el arte de complacer a quienes buscaban satisfacerse a través de su nido obsceno. Eran las mismas que ahora procuraban encontrar un atajo por donde hallar aves distintas a ella. Para entonces su época de esplendor, cuando se hablaba en toda la región de sus  poses y gemidos al momento de complacer al palomo que le acechaba con desparramados deseos de poseerla, era casi una anécdota. Refulgente tiempo de amor y felicidades que la moldeó como dama voluptuosa,  que la hacía acceder a sentimientos sin detenerse a observar  limites, sin ver el tamaño o el color, sin recatos frente a los humores; lo suyo era el cumplimiento de unos sobresaltados sueños mojados.

Se percató de la  existencia de las  sombras  de su ocaso cuando el silencio de la soledad fue abordando, palmo a palmo, el ámbito de su alar. Entonces precisó  indagar sobre el desarrollo de los acontecimientos que sus ojos nubosos no le permitían observar; pero que sus oídos percibían como un rumor de voces ajenas. Entonces tomó la costumbre de encontrar en los rumores  de la madrugada, el conocimiento de los hechos que urgía averiguar. Y apeló al escrutinio de las señales y  al rugido de los vientos atravesados del río de las tardes, queriendo adivinar  lo que  requería conocer sobre los acontecimientos que sus ojos brumosos no observaban. Y dio unos pasos más allá de la sombra de su alar, y fue a enterarse de donde provenía aquel murmullo de voces de frágil entonación; y supo que esas palabras provenían de un grupo de aves de engreído vuelo que procuraban tomarse el ámbito que hasta entonces  fue sólo suyo. Y supo que esas palomas vestían  con un plumaje de mil colores que las hacía inmunes a las inclemencias climáticas del verano; inclemencias a las que tanto  les temía, para las que nunca estuvo preparada.

Y también conoció  que el  surco  por los cielos de estas nuevas pájaras era ágil, aún navegando contra las ostentosas brisas ribereñas. Luego de tantos ejercicios informativos aceptó la validez una muy bien elaborada lista de nuevas palomas con apetitos sexuales cambiados, todas dedicadas al arte de amar frenéticamente, como solo ella, hasta entonces, lo realizaba.

Surgió por los alares de los nidos contiguos al de la vieja paloma un runrún de voces ajenas a la de la paloma. Suponían aquellos diálogos que  para ésta cursaba el tiempo de los análisis; análisis sin que decisiones prontas la llevaran a desbordar las aguas inquietas de sus ansias. Se decía, a su espalda, que era tiempo de que interpretara el color a mango amarillo de sus sueños nocturnales. Pero no, queriendo superar el peso rígido de los calendarios acumulados en su biografía, dispuso de aferrarse a las experiencias obtenidas en el ir y venir de sus horas existenciales,  tratando   de  recuperar el espacio perdido con las otras, que aunque novicias en  los asuntos del amor, poseían la juventud que desde hacía mucho tiempo se le había escurrido  por debajo de la puerta de los días pasados a lo largo de su existir. Se sujetó a los imperiosos y distintos motivos para amar y ser amada; empero, al final, después de tantos artilugios, se quedó, tan solo, con el paladar invadido de un sabor carnal a  macho ausente. Sabor que se le explayaba cuando escuchaba la música de los discos viejos de las madrugadas de la luna llena.

Sabiéndose derrotada aplicó nuevas formulas para recuperar el prestigio  de magnifica amante que una brisa con olor a carne nueva se había llevado hacia el horizonte del olvido. Entonces hurgó entre viejos papeles que conservaba en un vetusto baúl hasta encontrar la receta de la buena suerte y ábrete puerta que, de inmediato, encargó a aquel puerto de batallones de puertas impertérritas  que vigilan el río, procuraba atraer hasta su alar a los palomos cargados de virilidad y juventud que planeaban por el aire buscando otro Norte. Trasnochó inquiriendo a la irradiación de las estrellas para que le   adivinara su porvenir. Afanosa escribió sobre el agua plomiza de la alberca del patio los once reglones del abracadabra, suplicando que la transformara en la dama ágil y melosa que por mucho tiempo fue. Nada era posible. Para entonces hasta sus más fieles y antiguos amoríos habían encontrado otros caminos por donde transitar y encontrar las nuevas grutas donde depositar sus líquidos viscosos. Existía mucha carne novel como para desperdiciar  un rato de deseos en esa pila de hueso en que el tiempo la  fue transformando.  

Cualquier madrugada de esas la conformidad, vestida de dama sensata, visitó el alma de la sufrida ave. Le dijo que era indispensable resignarse ante el poder histórico de los hechos cumplidos; que cuando la historia ya es historia nada puede alterarla. Entonces la paloma aprovechó las tardes, cuando el río extiende su aliento monótono en el cotidiano espacio de la quietud, para recostar  sus recuerdos al tronco de un árbol de carácter del hombre.  Allí debajo de aquel arbusto se refugiaba en sus historias de dama prohibida. Recordaba que a sus quince años su cuerpo parecía un hermoso y fornido árbol de guayacán, aunque por dentro, no era más que un horcón cuyo pie se encontraba totalmente degollado. Se acordaba de  la masculinidad de los palomos que le circundaban mostrando sus juegos pirotécnicos. Evocaba sus pocos momentos de palomo: cuando agitaba melódicamente las campanas  en los tiempos de la alborada y la víspera Ella, paloma  rebosante de juventud, reía a carcajadas ante el aletear perseverante de quienes deseaban ingresar a su ruta furtiva de deseos agostadores. Pero también remembraba que después de algunos gemidos, una fría respuesta, el peso de su papel protagónico en la vida lo convertía en un simple resbaladero de eyaculaciones.

En el discurrir de sus elucubraciones mentales llegaba el verano a su mente. Tiempo en que el sol resplandece en la arena volátil de las viejas calles. Le temía a las torpes brisas de aquella estación climática. Sin desparpajo alguno, sin anuncios, le arrebataba el almizcle de las tinturas que sujetaba en su  rostro con  engreída y vanidosa disposición de dama ávida de un estremecimiento carnal. Sus cabellos sujetados a su cuero cabelludo con diez centavos de brillantina, sufrían con los arrebatos de los vientos calientes de la tarde. El deleite de su perfume,  aplicado con reconocido denuedo en casi todo su cuerpo,  se salpicaba con el olor a arena aluvial que el verano carga en su andar. A cambio de esas tardes desagradables a su donaire, la noche le resultaba parturienta de profundas alegrías.

Cuando la noche le advertía de su llegada, levantaba graciosamente su cuerpo sobre la punta de los pies y dando vuelta sobre éstos, hacia que sonara, al contacto con las azules soplos ríanos, su cola de cometa de mil colores. Y su cola se elevaba por entre  el claro cielo de las noches. Y dejaba a la cola  la voluntad de que le confeccionara el recorrido a seguir por entre las olas menudas de sus deseos pasionales que le bamboleaban  todo su cuerpo. Cada noche  se vestía de carnaval. Invocaba al Dios Baco. Volaba  por entre matorrales y troncos llenos de savia. El vuelo  realizado sobre el espacio le permitía extender sobre el aire de la noche su respiración de hembra altanera de deseos supremamente carnal. Y la noche le entregaba a sus oídos un susurro de amor; amor que le alumbraba lo más profundo de sus frustradas aspiraciones de ser mujer. Después del desenfreno nocturnal, cuatro o diez gotas de incertidumbre le recorrían el espacio de su pensamiento.  La melancolía se cruzaba por su alma y salía a indagar,  con los primeros cantos de los pájaros de la madrugada,  cuantos segundos más debió  permanecer en el vientre de su madre para alcanzar  lo que siempre anheló ser, mujer.

Otro pensamiento fue la lucha perenne por tener en su seno a un palomo  en forma permanente. Palomo a quien le hubiere entregado hasta el último centavo de su existencia. Algunas veces creyó encontrarlo, fue más la creencia que la verdad  de que perduraría por siempre a su lado. Sus deseos eran encontrar a una pareja que  estuviere haciéndola vibrar de delirios permanentes; que le respirara en la nuca en forma alborozada; que le erizara cada una de las vellosidades de su cuerpo; que compartiera su vida, sus esperanzas, sus frustraciones. Genuflexa le juraría, a diario, eterna fidelidad. En las pocas oportunidades que logró conquistar el corazón amoroso de un palomo, la sociedad se encargó de denominarlo peyorativamente marido. Para entonces su gruta era un festín, su existir unas fiestas patronales de pensamientos alegres; se desataba en atenciones y preocupaciones por complacer a su amante. La hilaridad la hacia cantar las canciones  de los juglares. Vestía de atuendos construidos con flores de girasol para que el sol no dejara de calentar el caldero de sus amoríos. Lanzaba  morrocotas de oro al foso de la buena suerte para que sus amores permanecieran  en un viaje  feliz, con vientos favorables a través del tiempo y la distancia. Se sentía cabalgando como una ninfa coronada en el carruaje de Plutón, alado por los tres caballos de la noche a través de los caminos de la fantasía. Recogía hierbas  en el campo y  componía brebajes y líquidos amorosos que regaba por el ámbito de su morada, con la fe de  conservar su dichosa convivencia marital. Amores que le colmaban el espíritu, su voluntad. Su corazón danzaba al golpe de un arrebatado tambor que entonaba un son del Pajarito ribereño.

A pesar  de todo ese furibundo sentimiento de felicidad que invadía su alma, la incertidumbre alcanzaba a penetrar en su mente. Cuando esto sucedía,  se presentaba el más apretado    forcejeo entre la razón y el corazón por imponer lo que cada cual entendía como  su propia verdad. Este último le decía al oído, con voz de niña mimada, que en las vainas del amor se deben correr todos los riesgos cuando se quiere penetrar en el corazón de quien se pretende o se ama; que la entrega total era  la mejor arma para alcanzar el infinito sentimiento de amar y ser amado. Que en el cuento del amor las cosas marchaban bien.  La voz de la razón era varonil y a ratos le hacía crispar el pico. Le hablaba de comprender  que tarde o temprano su ave marido  extendía su vuelo hacia lo gris de una nube repentina. Que aquel sería un vuelo sin retorno. Que un día cualquiera, su macho arreglaba la maleta y sin un beso y sin un “mamita, no te preocupes que yo regresos; tu sabes que los días se hacen cortos cuando se quiere estar al lado de quien se ama”, tomaba el camino del más nunca volver. Y cuando las palabras premonitorias de la razón, sucedían,  su llanto disolvía las pinturas,  color a guiso de hicotea, que cubrían  su faz.

Entonces el matiz de su alma se desteñía como cadeneta de carnaval confeccionada con papel cometa a la que una lluvia veraniega la sorprendía en la mitad de una calle cualquiera, un lunes de carnaval. Las flores de Heliotropo que guindaban en sus sienes se marchitaban, y el olor a vainilla de las mismas era reemplazo por el sabor dulzón de la frustración que corría por todo su cuerpo. Lloraba a gritos tendidos en el callejón de la realidad. Se flagelaba con duras abstinencias sexuales. Se retiraba del mundo y se entregaba al sonido de las más despechadas rancheras, y se desataba en los más desvergonzados gritos de: “horita que me mate”. Entonces se apropiaba día y noche, noche y día del pick up de la bocina. La noche de la conformidad llegaba a lo más hondo de su ser, comprendía que de la ave ida solo le quedaba la certeza de que ambos portaban iguales astas viriles, pero que el suyo, definitivamente, jamás le había otorgado ilusión alguna.