"La vida es como un cuento relatado por un idiota; un cuento lleno de palabrería y frenesí, que no tiene ningún sentido"

martes, 8 de enero de 2013

Rigoberto: monólogo debajo de un trupillo




Fuente: Dipity.com

-       ¿Me preguntas qué de donde sacó Dios la tierra con la cual hizo el Mundo?  -

-Te respondo: yo nunca he discutido con nadie, tengo una mente facultativa que no me permite hacerlo. Y tú sabes que he sido siempre un hombre de racionamiento. Es por él que he podido identificar las distintas clases de inteligencias que andan por el mundo como el volante cometa. ¡Je mente la mía a la que nunca se le ha mojado la pólvora! ¡Carajo ¡ mente que tengo guardada en mi cabeza que nunca ha sufrido de esa enfermedad que llaman torpeza.  Te digo que existen dos clases de inteligencia. ¿Qué cual es la mía? Hombre la ligera, porque soy capaz de componer versos mientras tú no haces uno solo: “Mi mente que pensaba/ y mi Dios que la guiaba/ y enseguida le hice un verso/ que tan linda luz dejó en todo el mundo”. No te olvides que la inteligencia es cosa de esforzar porque ella nace bruta. ¡Eso es verdad¡ Bruta como aquel que creé que toda cabeza es un mundo; Noooooo, lo único cierto es que cada quien tiene en su cabeza un pensamiento distinto.

- Pero, Rigoberto, aún no me has contestado la pregunta de donde sacó Dios la tierra con que hizo nuestro planeta 

-Rigoberto mostró en su rostro el rictus de la rabia y riposto en voz alta: ¡Mira Gabrielito¡ el hombre alcanza a dibujar el mundo en un papel pero jamás lo pone a temblar  como lo hace la naturaleza. Hay que contemplar la  naturaleza. Para eso me levanto todas la madrugaditas a observar el cielo y, caramba, me doy cuenta de cómo caen  a la tierra pajitas encendidas. Me da miedo que incendien, a horas tan incompetentes, mi casa de techo de palma. –En las madrugadas cuando salgo en mi burrito, camino a la roza, comienzo a contar las estrellas que alumbran el cielo, una por una. Me doy cuenta que hay demasiadas. Se me repleta la mente de palabras y la garganta de deseos de hablarlas: hasta me da miedo  que  me atraganten y me ahoguen.

- Rigo, perdona que te interrumpa, -Exclamó Gabriel abanicando un sombrero- pero después de tanto vocinglear no me has respondido ¿de donde fue que la sacó?

– ¡Oye Gabriel! no creas que lo semejante es igual a lo parecido-. Yo nunca discuto, para eso soy un hombre facultativo. Es que si me hubieran enviado por más tiempo a la escuela, vea por esta región no existiera bachillerato, de esos que se gradúan todos los años, que me viera la cara en conocimientos. Pero, que va, después que a Papa lo sacaban del empleíto que siempre le daban en la Alcaldía, el sostén de la casa eran ocho tetas de una vaca que no daban leche ni para el café del desayuno; como iba a llegar lejos en la escuela. Con los más grandes sacrificios fui a la escuelita privada que tenía Ana cerca de la plaza de este pueblo. Ahí aprendí a contar. Como no lo iba a lograr si me pasaba toda la tarde detallando los piojos que caminaban en la cabeza de la seño mientras ella pretendía meternos las vocales en la mente a punta de jalones de “pela dientes”. Y que conste que la merienda que llevaba a la escuela era una batata asada y una botella de agua, porque en la casa no había plata ni para comprar una cocada de esas que le decían “tejas”. Vea, nunca tuve un profesor “antinglado” y no pasé de la letra “P” en la cartilla de cartón, pero, ¡carajo! si hubiera pasado de esa letra, mejor ni lo digo ¡Es que mi mente siempre he sabido llevar la minuta de lo grueso con lo delgado!. 

Después de unos segundos de silencio Rigoberto retomó la conversa con un notable tono de aclaración: ¡Hombre!, pero no creas tu que siempre fue así. La mano se nos compuso un poco cuando nos dimos cuenta de que el vecindario se levantaba todas las madrugadas a trabajar después que Papa estornudaba a la misma hora. Era un puntual despertador, el gallo de la cuadra. La situación se nos compuso después de que los amenazó con no estornudar más si no compartían con él el café con yuca harinosa que se comían después del exhalo.  

El rojo del cielo veranero se mezclaba con las ya escasas hojas del trupillo,  dandole a la conversa una mezcla de sutiles luces y profundas sombras, cuando se escuchó nuevamente la voz de Rigoberto: Vea Gabrie, la mente es de esforzarla. Un día me levanté en la madrugada, tempranito, a la hora de siempre, de pronto vi el mundo iluminado como si la noche fuera día; ahí fue cuando me di cuenta de que cuando Dios hizo el mundo lo hizo de un “solape”, por eso apenas lo están descubriendo.

La tarde moría. La noche portaba entre sus manos la sabana de la oscuridad para tapar los rayos solares que aún trataban de introducirse por las hendijas del día. Se hizo el silencio. Rigo echó un vistazo alrededor. Notó al silencio. Entonces comprendió que Gabriel había abandonado el lugar de la controversia, se había ido. Sin embargo a solas exclamó:

-¿Qué de dónde sacó Dios la tierra? no lo sé; pero de que la hizo, la hizo, porque ella no ha podido formarse sola. Pero, eso sí, me tienen que decir si Dios es negro o blanco, ¿cómo es?  lo deseo saber. -Es que la historia sagrada tiene déficit: si Adán y Eva tuvieron dos hijos varones, entonces ¿cómo se reprodujo la humanidad?.

Hizo silencio y en medio de la oscuridad, que era más incesante, observó el sendero por donde debió partir su interlocutor, se encaminó hacia él, compaginando la siguiente composición: Como yo se los decía/ de todo corazón/ voy por la misma vía/ a visitar al sol.

martes, 20 de noviembre de 2012

El Ocaso de la Paloma




Fuente: Detalles de mi andar
Cuando la paloma sintió en sus huesos el peso de las edades acumuladas y del trajín de una vida envuelta en frenesí y ansías sin contención, supuso que había llegado el tiempo de los juicios y las valoraciones. La hora de sentar cabeza. Creyó que su existencia terrena debía realizar el mayor numero de ejercicios espirituales posibles que le permitieran concretar una nueva vida; la de ave sola y anciana. Pero que va, el surgimiento de algunas circunstancias la llevó a  hacer la lectura equivocada de los  hechos que vivía.  Decidió continuar por el sendero de siempre, atender los deseos agotadores que removían sus entrañas y la cundían de ansiedad.

Las primeras luces de su lonvegidad las contempló cuando confundió el rumor de las aguas del río rozando las piedras amarillas del puerto con el sonido de un grupo de aves que  volaban hacia un alar distinto al suyo. Aves que habían gozado, de manera continua, de las experiencias que la paloma acumuló desde que principió a practicar el arte de complacer a quienes buscaban satisfacerse a través de su nido obsceno. Eran las mismas que ahora procuraban encontrar un atajo por donde hallar aves distintas a ella. Para entonces su época de esplendor, cuando se hablaba en toda la región de sus  poses y gemidos al momento de complacer al palomo que le acechaba con desparramados deseos de poseerla, era casi una anécdota. Refulgente tiempo de amor y felicidades que la moldeó como dama voluptuosa,  que la hacía acceder a sentimientos sin detenerse a observar  limites, sin ver el tamaño o el color, sin recatos frente a los humores; lo suyo era el cumplimiento de unos sobresaltados sueños mojados.

Se percató de la  existencia de las  sombras  de su ocaso cuando el silencio de la soledad fue abordando, palmo a palmo, el ámbito de su alar. Entonces precisó  indagar sobre el desarrollo de los acontecimientos que sus ojos nubosos no le permitían observar; pero que sus oídos percibían como un rumor de voces ajenas. Entonces tomó la costumbre de encontrar en los rumores  de la madrugada, el conocimiento de los hechos que urgía averiguar. Y apeló al escrutinio de las señales y  al rugido de los vientos atravesados del río de las tardes, queriendo adivinar  lo que  requería conocer sobre los acontecimientos que sus ojos brumosos no observaban. Y dio unos pasos más allá de la sombra de su alar, y fue a enterarse de donde provenía aquel murmullo de voces de frágil entonación; y supo que esas palabras provenían de un grupo de aves de engreído vuelo que procuraban tomarse el ámbito que hasta entonces  fue sólo suyo. Y supo que esas palomas vestían  con un plumaje de mil colores que las hacía inmunes a las inclemencias climáticas del verano; inclemencias a las que tanto  les temía, para las que nunca estuvo preparada.

Y también conoció  que el  surco  por los cielos de estas nuevas pájaras era ágil, aún navegando contra las ostentosas brisas ribereñas. Luego de tantos ejercicios informativos aceptó la validez una muy bien elaborada lista de nuevas palomas con apetitos sexuales cambiados, todas dedicadas al arte de amar frenéticamente, como solo ella, hasta entonces, lo realizaba.

Surgió por los alares de los nidos contiguos al de la vieja paloma un runrún de voces ajenas a la de la paloma. Suponían aquellos diálogos que  para ésta cursaba el tiempo de los análisis; análisis sin que decisiones prontas la llevaran a desbordar las aguas inquietas de sus ansias. Se decía, a su espalda, que era tiempo de que interpretara el color a mango amarillo de sus sueños nocturnales. Pero no, queriendo superar el peso rígido de los calendarios acumulados en su biografía, dispuso de aferrarse a las experiencias obtenidas en el ir y venir de sus horas existenciales,  tratando   de  recuperar el espacio perdido con las otras, que aunque novicias en  los asuntos del amor, poseían la juventud que desde hacía mucho tiempo se le había escurrido  por debajo de la puerta de los días pasados a lo largo de su existir. Se sujetó a los imperiosos y distintos motivos para amar y ser amada; empero, al final, después de tantos artilugios, se quedó, tan solo, con el paladar invadido de un sabor carnal a  macho ausente. Sabor que se le explayaba cuando escuchaba la música de los discos viejos de las madrugadas de la luna llena.

Sabiéndose derrotada aplicó nuevas formulas para recuperar el prestigio  de magnifica amante que una brisa con olor a carne nueva se había llevado hacia el horizonte del olvido. Entonces hurgó entre viejos papeles que conservaba en un vetusto baúl hasta encontrar la receta de la buena suerte y ábrete puerta que, de inmediato, encargó a aquel puerto de batallones de puertas impertérritas  que vigilan el río, procuraba atraer hasta su alar a los palomos cargados de virilidad y juventud que planeaban por el aire buscando otro Norte. Trasnochó inquiriendo a la irradiación de las estrellas para que le   adivinara su porvenir. Afanosa escribió sobre el agua plomiza de la alberca del patio los once reglones del abracadabra, suplicando que la transformara en la dama ágil y melosa que por mucho tiempo fue. Nada era posible. Para entonces hasta sus más fieles y antiguos amoríos habían encontrado otros caminos por donde transitar y encontrar las nuevas grutas donde depositar sus líquidos viscosos. Existía mucha carne novel como para desperdiciar  un rato de deseos en esa pila de hueso en que el tiempo la  fue transformando.  

Cualquier madrugada de esas la conformidad, vestida de dama sensata, visitó el alma de la sufrida ave. Le dijo que era indispensable resignarse ante el poder histórico de los hechos cumplidos; que cuando la historia ya es historia nada puede alterarla. Entonces la paloma aprovechó las tardes, cuando el río extiende su aliento monótono en el cotidiano espacio de la quietud, para recostar  sus recuerdos al tronco de un árbol de carácter del hombre.  Allí debajo de aquel arbusto se refugiaba en sus historias de dama prohibida. Recordaba que a sus quince años su cuerpo parecía un hermoso y fornido árbol de guayacán, aunque por dentro, no era más que un horcón cuyo pie se encontraba totalmente degollado. Se acordaba de  la masculinidad de los palomos que le circundaban mostrando sus juegos pirotécnicos. Evocaba sus pocos momentos de palomo: cuando agitaba melódicamente las campanas  en los tiempos de la alborada y la víspera Ella, paloma  rebosante de juventud, reía a carcajadas ante el aletear perseverante de quienes deseaban ingresar a su ruta furtiva de deseos agostadores. Pero también remembraba que después de algunos gemidos, una fría respuesta, el peso de su papel protagónico en la vida lo convertía en un simple resbaladero de eyaculaciones.

En el discurrir de sus elucubraciones mentales llegaba el verano a su mente. Tiempo en que el sol resplandece en la arena volátil de las viejas calles. Le temía a las torpes brisas de aquella estación climática. Sin desparpajo alguno, sin anuncios, le arrebataba el almizcle de las tinturas que sujetaba en su  rostro con  engreída y vanidosa disposición de dama ávida de un estremecimiento carnal. Sus cabellos sujetados a su cuero cabelludo con diez centavos de brillantina, sufrían con los arrebatos de los vientos calientes de la tarde. El deleite de su perfume,  aplicado con reconocido denuedo en casi todo su cuerpo,  se salpicaba con el olor a arena aluvial que el verano carga en su andar. A cambio de esas tardes desagradables a su donaire, la noche le resultaba parturienta de profundas alegrías.

Cuando la noche le advertía de su llegada, levantaba graciosamente su cuerpo sobre la punta de los pies y dando vuelta sobre éstos, hacia que sonara, al contacto con las azules soplos ríanos, su cola de cometa de mil colores. Y su cola se elevaba por entre  el claro cielo de las noches. Y dejaba a la cola  la voluntad de que le confeccionara el recorrido a seguir por entre las olas menudas de sus deseos pasionales que le bamboleaban  todo su cuerpo. Cada noche  se vestía de carnaval. Invocaba al Dios Baco. Volaba  por entre matorrales y troncos llenos de savia. El vuelo  realizado sobre el espacio le permitía extender sobre el aire de la noche su respiración de hembra altanera de deseos supremamente carnal. Y la noche le entregaba a sus oídos un susurro de amor; amor que le alumbraba lo más profundo de sus frustradas aspiraciones de ser mujer. Después del desenfreno nocturnal, cuatro o diez gotas de incertidumbre le recorrían el espacio de su pensamiento.  La melancolía se cruzaba por su alma y salía a indagar,  con los primeros cantos de los pájaros de la madrugada,  cuantos segundos más debió  permanecer en el vientre de su madre para alcanzar  lo que siempre anheló ser, mujer.

Otro pensamiento fue la lucha perenne por tener en su seno a un palomo  en forma permanente. Palomo a quien le hubiere entregado hasta el último centavo de su existencia. Algunas veces creyó encontrarlo, fue más la creencia que la verdad  de que perduraría por siempre a su lado. Sus deseos eran encontrar a una pareja que  estuviere haciéndola vibrar de delirios permanentes; que le respirara en la nuca en forma alborozada; que le erizara cada una de las vellosidades de su cuerpo; que compartiera su vida, sus esperanzas, sus frustraciones. Genuflexa le juraría, a diario, eterna fidelidad. En las pocas oportunidades que logró conquistar el corazón amoroso de un palomo, la sociedad se encargó de denominarlo peyorativamente marido. Para entonces su gruta era un festín, su existir unas fiestas patronales de pensamientos alegres; se desataba en atenciones y preocupaciones por complacer a su amante. La hilaridad la hacia cantar las canciones  de los juglares. Vestía de atuendos construidos con flores de girasol para que el sol no dejara de calentar el caldero de sus amoríos. Lanzaba  morrocotas de oro al foso de la buena suerte para que sus amores permanecieran  en un viaje  feliz, con vientos favorables a través del tiempo y la distancia. Se sentía cabalgando como una ninfa coronada en el carruaje de Plutón, alado por los tres caballos de la noche a través de los caminos de la fantasía. Recogía hierbas  en el campo y  componía brebajes y líquidos amorosos que regaba por el ámbito de su morada, con la fe de  conservar su dichosa convivencia marital. Amores que le colmaban el espíritu, su voluntad. Su corazón danzaba al golpe de un arrebatado tambor que entonaba un son del Pajarito ribereño.

A pesar  de todo ese furibundo sentimiento de felicidad que invadía su alma, la incertidumbre alcanzaba a penetrar en su mente. Cuando esto sucedía,  se presentaba el más apretado    forcejeo entre la razón y el corazón por imponer lo que cada cual entendía como  su propia verdad. Este último le decía al oído, con voz de niña mimada, que en las vainas del amor se deben correr todos los riesgos cuando se quiere penetrar en el corazón de quien se pretende o se ama; que la entrega total era  la mejor arma para alcanzar el infinito sentimiento de amar y ser amado. Que en el cuento del amor las cosas marchaban bien.  La voz de la razón era varonil y a ratos le hacía crispar el pico. Le hablaba de comprender  que tarde o temprano su ave marido  extendía su vuelo hacia lo gris de una nube repentina. Que aquel sería un vuelo sin retorno. Que un día cualquiera, su macho arreglaba la maleta y sin un beso y sin un “mamita, no te preocupes que yo regresos; tu sabes que los días se hacen cortos cuando se quiere estar al lado de quien se ama”, tomaba el camino del más nunca volver. Y cuando las palabras premonitorias de la razón, sucedían,  su llanto disolvía las pinturas,  color a guiso de hicotea, que cubrían  su faz.

Entonces el matiz de su alma se desteñía como cadeneta de carnaval confeccionada con papel cometa a la que una lluvia veraniega la sorprendía en la mitad de una calle cualquiera, un lunes de carnaval. Las flores de Heliotropo que guindaban en sus sienes se marchitaban, y el olor a vainilla de las mismas era reemplazo por el sabor dulzón de la frustración que corría por todo su cuerpo. Lloraba a gritos tendidos en el callejón de la realidad. Se flagelaba con duras abstinencias sexuales. Se retiraba del mundo y se entregaba al sonido de las más despechadas rancheras, y se desataba en los más desvergonzados gritos de: “horita que me mate”. Entonces se apropiaba día y noche, noche y día del pick up de la bocina. La noche de la conformidad llegaba a lo más hondo de su ser, comprendía que de la ave ida solo le quedaba la certeza de que ambos portaban iguales astas viriles, pero que el suyo, definitivamente, jamás le había otorgado ilusión alguna.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Hay pueblos que saben a desdicha.




Juan Rulfo decía que hay pueblos que saben a desdicha, a los cuales se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido. Bomba bien podría ser uno de ellos. Eso percibimos cuando llegamos a este corregimiento del municipio de Pedraza, en el Magdalena. Ubicado 250 kilómetros al sur de Santa Marta, Bomba es quizá uno de los más lugares más pobres del Magdalena. Tal vez de Colombia. 

Esta localidad no es más que un puñado de casas sobre dos lomas, donde viven unas 1000 personas. En la época de lluvia, el pueblo es separado por las aguas de la Ciénaga de Zapayán. Entonces se convierten en la loma de los pobres, con sus casas de bahareque y techos de palma, y la loma de los ganaderos y profesores, conocidos también como "acomodados". Todos los años, la inundación cubre el cementerio, con sus muertos pobres y acomodados padeciendo las inclemencias de la naturaleza y el abandono de todos. 

Junto a dos compañeros de viaje, decidimos visitar este pequeño caserío para recorrer la ciénaga de Zapayán, un enorme humedal de casi 10.000 hectáreas, alimentado por las aguas del río Magdalena, y último refugio de algunas especies silvestres en esta zona del país. No obstante, como sucede con la gran mayoría de los pueblos ribereños del Magdalena, la inexistencia de vías hace que un simple viaje de 30 km termine siendo una travesía.

Es posible llegar a Bomba desde Calamar, Bolívar, tomando una lancha que parte con provisiones de todo el tipo para surtir las escasas tiendas del pueblo. Otra opción es viajar en chalupa hasta la cabecera municipal de Pedraza y desde ahí hacer el recorrido de casi dos horas en motocicleta por una trocha, la cual sólo es transitable durante la época seca. Para este viaje aprovechamos que las lluvias aún no iniciaban con vehemencia, e hicimos el recorrido por tierra.   

Partimos a las 4:45 de la mañana, esa hora del día en la que los gallos cantan insistentemente, como dudando de que el sol escuche su llamado y no se despierte a tiempo para el amanecer. El camino inició acompañado del golpe metálico de las cantinas de leche cargadas sobre el lomo de un mulo. A su lado, la silueta de un ordeñador silencioso, tal vez deseoso de que al regresar de su jornada encontrara algo para desayunar. Intuyo que no siempre sus deseos son órdenes. 

Las tres motos eran conducidas por jóvenes del pueblo. Por lo que me contaron, el mototaxismo más que una fuente de trabajo, también les ofrece una dosis de aventura a sus vidas. A mitad del camino paramos a observar desde un cerro los primeros rayos del sol despuntando detrás de la Sierra Nevada de Santa Marta. Igual que todos los días, miles de gallos insistentes han cumplido su tarea. 

Nuestra entrada a Bomba coincidió con la quema matinal de basuras. El humo tóxico le daba al pueblo el aspecto de un lugar en ruinas. El sabor a desdicha. De las estelas de humo emergían siluetas grises, delgadas, casi todos niños y jóvenes dirigiéndose al puerto a tomar un "Jhonson" que los atraviesa todos los días al otro lado de la Ciénaga para asistir al colegio. Bomba sólo cuenta con aulas y planta docente para dictar clases hasta el sexto grado. Recientemente, por gestión de la Alcaldía y de algunos pocos interesados, el centro educativo les ofrece a los niños la opción estudiar hasta el noveno grado en el mismo pueblo. Pero al igual que los mototaxistas, la gran mayoría de estos prefieren atravesar la ciénaga, solo para poder perfumar sutilmente su vida de aventura.

La Ciénaga de Zapayán, un cuerpo de agua que por momentos pareciera no tener fin. Todas las mañanas, los pueblos que quedan a su orilla despiertan y se vuelcan a sus aguas para pescar, negociar, transportarse. Este humedal es el eje central de la vida de miles de personas, que paradójicamente año tras año la contaminan, desecan, sobreexplotan. Para recorrerla, acompañamos a los estudiantes en su travesía, que inicia en un improvisado puerto.

En el puerto estuvimos rodeados de pescadores y sus canoas; uno de ellos era un tipo solitario, con el aspecto de quien lleva muchos años viendo salir el sol detrás de la Sierra. Me lo cuenta su piel seca y tostada por la inclemencia del sol. Lleva una atarraya, un canalete y una cava de icopor donde almacenará lo producido. No son buenos tiempos para la pesca, el uso irracional del recurso pesquero lo ha llevado hasta el límite. Por eso pienso en su soledad, en lo que sería su día. 

Más tarde, navegando por la Ciénaga, me di cuenta que el pescador no estaba solo. Mientras realiza su faena, lo acompañaba un grupo de garzas blancas sobrevolando su cabeza, esperando las entrañas del escaso pescado. Pienso en ángeles emplumados que ven en el pescador a su propio ángel guardián, el cual les facilitará vivir un día más. Así es la naturaleza, en el mundo rural cada día es un reto diferente. Hay que comer para asegurar un nuevo amanecer. Cada día hay que mirar a los ojos a la muerte. Las garzas y estos pescadores saben mucho de eso.


No habían pasado 10 minutos, y ya eran casi 40 personas dentro del Jhonson, en su mayoría
estudiantes. En la canoa resaltan un par de niñas entre 13 y 15 años que hacen cuentas en una calculadora. Las escucho hablar, se preparan para una prueba de matemáticas. Más tarde, mientras caminamos por las calles de Bomba me cuentan que muchos pobladores opinan que no vale la pena que las mujeres vayan a la universidad. Puede ser un gasto innecesario, cuando se entiende que la principal función de la mujer en esta sociedad rural es parir. Es imposible no pensar en el par de niñas estudiando para la prueba de matemáticas. Necesitarán prepararse con más que una calculadora para sobrevivir a una sociedad machista por naturaleza. 

Con ayuda del dueño del Jhonson, navegamos durante las próximas tres horas por parte de las casi 10.000 hectáreas de la ciénaga de Zapayán. Este ecosistema alberga cientos de especies de animales y plantas silvestres. Clara muestra de esto es un islote en medio de la ciénaga, donde conviven en completa armonía casi 10.000 aves de diferentes especies, perchadas sobre las mismas ramas, en los mismos árboles. 

Por desgracia, el principal motor de transformación de este humedal ha sido la lucha por la tierra en la zona de Zapayán, la cual ha acarreado graves consecuencias, principalmente muertes y desplazamientos forzados por paramilitares, guerrilleros y políticos. La necesidad de espacio para producir, la necesidad de recursos para vivir en la loma de los acomodados, la lucha por el poder, ha generado la pérdida de casi el total de los bosques de las orillas de la ciénaga y la alteración de las dinámicas hídricas de la misma para hacerse a más terreno.   

Al final de la mañana, agobiados por los 40º C de temperatura, nos sentamos en una vieja casa de bahareque y techo de palma a conversar con varios ancianos que se han acercado. Es gente amable, humilde, atenta. Aún sin conocernos, nos invitan a su casa. Este es el espíritu del Bombero, gente que no dudará en compartir contigo lo poco que tiene. Otra señora nos ofrece agua lluvia para calmar la sed. Dice que es mejor que el agua de la ciénaga, que es verdosa y contaminada en algunas zonas. 

Mientras vamos saliendo del pueblo, entiendo su queja. Hay decenas de mujeres en la ciénaga, con el agua a la cintura lavando su ropa, ante la ausencia de acueducto doméstico. A su lado hay varios jornaleros bañando a sus caballos, jóvenes mototaxistas lavando sus motos, un hombre descamando uno de los pocos bocachicos que aún merodean estas aguas, y por último, un joven con varios tanques de agua que llevará a su casa para beber y cocinar.

Esta es Bomba, tierra de contrastes. Por un lado la riqueza de vida, de peces, garzas, patos, loros, iguanas, icoteas, caimanes; también la riqueza generada con muerte, como la del paramilitar Jorge 40, sus terratenientes y secuaces, que establecieron hace unos años su base muy cerca de aquí, para tener el control de toda la zona.

En el otro extremo, dos niñas se preparan para un futuro incierto y la pobreza de espíritu que condena a sus pobladores a vivir muchas veces en la miseria. También están de este lado los pescadores, que en muchas ocasiones -ante la falta de peces- recurren a cazar a los ángeles guardianes que vuelan sobre sus cabezas, para poder tener que comer. Comer significa esperar otro día. Ese día comenzará nuevamente con los gallos llenos de incertidumbre, cantando insistentes hasta que el sol se asome detrás de la Sierra.