Juan Rulfo
decía que hay pueblos que saben a desdicha, a los cuales se les conoce con
sorber un poco de su aire viejo y entumido. Bomba bien podría ser uno de ellos.
Eso percibimos cuando llegamos a este corregimiento del municipio
de Pedraza, en el Magdalena. Ubicado 250 kilómetros al sur de Santa Marta,
Bomba es quizá uno de los más lugares más pobres del Magdalena. Tal vez de
Colombia.
Esta
localidad no es más que un puñado de casas sobre dos lomas, donde viven unas
1000 personas. En la época de lluvia, el pueblo es separado por las aguas de la
Ciénaga de Zapayán. Entonces se convierten en la loma de los pobres, con sus
casas de bahareque y techos de palma, y la loma de los ganaderos y profesores, conocidos
también como "acomodados". Todos los años, la inundación cubre el cementerio,
con sus muertos pobres y acomodados padeciendo las inclemencias de la
naturaleza y el abandono de todos.
Junto
a dos compañeros de viaje, decidimos visitar este pequeño caserío para recorrer
la ciénaga de Zapayán, un enorme humedal de casi 10.000 hectáreas, alimentado
por las aguas del río Magdalena, y último refugio de algunas especies
silvestres en esta zona del país. No obstante, como sucede con la gran
mayoría de los pueblos ribereños del Magdalena, la inexistencia de vías hace
que un simple viaje de 30 km termine siendo una travesía.
Es posible
llegar a Bomba desde Calamar, Bolívar, tomando una lancha que parte con
provisiones de todo el tipo para surtir las escasas tiendas del pueblo. Otra
opción es viajar en chalupa hasta la cabecera municipal de Pedraza y desde ahí hacer
el recorrido de casi dos horas en motocicleta por una trocha, la cual sólo es
transitable durante la época seca. Para este viaje aprovechamos que
las lluvias aún no iniciaban con vehemencia, e hicimos el recorrido por tierra.
Partimos a las
4:45 de la mañana, esa hora del día en la que los gallos cantan
insistentemente, como dudando de que el sol escuche su llamado y no se
despierte a tiempo para el amanecer. El camino inició acompañado del golpe
metálico de las cantinas de leche cargadas sobre el lomo de un mulo. A su lado,
la silueta de un ordeñador silencioso, tal vez deseoso de que al regresar de su
jornada encontrara algo para desayunar. Intuyo que no siempre sus deseos son órdenes.
Las tres motos eran conducidas por jóvenes del pueblo. Por lo que me contaron,
el mototaxismo más que una fuente de trabajo, también les ofrece una dosis de
aventura a sus vidas. A mitad del camino paramos a observar desde un cerro los
primeros rayos del sol despuntando detrás de la Sierra Nevada de Santa
Marta. Igual que todos los días, miles de gallos insistentes han cumplido su
tarea.
Nuestra entrada a Bomba coincidió con la quema matinal de basuras. El humo tóxico le daba al pueblo el aspecto de un lugar en ruinas. El sabor a desdicha. De las estelas de humo emergían siluetas grises, delgadas, casi todos niños y jóvenes dirigiéndose al puerto a tomar un "Jhonson" que los atraviesa todos los días al otro lado de la Ciénaga para asistir al colegio. Bomba sólo cuenta con aulas y planta docente para dictar clases hasta el sexto grado. Recientemente, por gestión de la Alcaldía y de algunos pocos interesados, el centro educativo les ofrece a los niños la opción estudiar hasta el noveno grado en el mismo pueblo. Pero al igual que los mototaxistas, la gran mayoría de estos prefieren atravesar la ciénaga, solo para poder perfumar sutilmente su vida de aventura.
La Ciénaga de Zapayán, un cuerpo de agua que por momentos pareciera no tener fin. Todas las mañanas, los pueblos que quedan a su orilla despiertan y se vuelcan a sus aguas para pescar, negociar, transportarse. Este humedal es el eje central de la vida de miles de personas, que paradójicamente año tras año la contaminan, desecan, sobreexplotan. Para recorrerla, acompañamos a los estudiantes en su travesía, que inicia en un improvisado puerto.
Más tarde,
navegando por la Ciénaga, me di cuenta que el pescador no estaba solo. Mientras
realiza su faena, lo acompañaba un grupo de garzas blancas sobrevolando su
cabeza, esperando las entrañas del escaso pescado. Pienso en ángeles emplumados
que ven en el pescador a su propio ángel guardián, el cual les facilitará vivir
un día más. Así es la naturaleza, en el mundo rural cada día es un reto
diferente. Hay que comer para asegurar un nuevo amanecer. Cada día hay que
mirar a los ojos a la muerte. Las garzas y estos pescadores saben mucho de eso.
No habían pasado 10 minutos, y ya eran casi 40 personas dentro del Jhonson, en su mayoría estudiantes. En la canoa resaltan un par de niñas entre 13 y 15 años que hacen cuentas en una calculadora. Las escucho hablar, se preparan para una prueba de matemáticas. Más tarde, mientras caminamos por las calles de Bomba me cuentan que muchos pobladores opinan que no vale la pena que las mujeres vayan a la universidad. Puede ser un gasto innecesario, cuando se entiende que la principal función de la mujer en esta sociedad rural es parir. Es imposible no pensar en el par de niñas estudiando para la prueba de matemáticas. Necesitarán prepararse con más que una calculadora para sobrevivir a una sociedad machista por naturaleza.
Con ayuda del dueño del Jhonson, navegamos durante las próximas tres horas por parte de las casi 10.000 hectáreas de la ciénaga de Zapayán. Este ecosistema alberga cientos de especies de animales y plantas silvestres. Clara muestra de esto es un islote en medio de la ciénaga, donde conviven en completa armonía casi 10.000 aves de diferentes especies, perchadas sobre las mismas ramas, en los mismos árboles.
Por
desgracia, el principal motor de transformación de este humedal ha sido la
lucha por la tierra en la zona de Zapayán, la cual ha acarreado graves
consecuencias, principalmente muertes y desplazamientos forzados por
paramilitares, guerrilleros y políticos. La necesidad de espacio para producir,
la necesidad de recursos para vivir en la loma de los acomodados, la lucha por
el poder, ha generado la pérdida de casi el total de los bosques de las orillas
de la ciénaga y la alteración de las dinámicas hídricas de la misma para
hacerse a más terreno.
Al final de
la mañana, agobiados por los 40º C de temperatura, nos sentamos en una vieja
casa de bahareque y techo de palma a conversar con varios ancianos que se han
acercado. Es gente amable, humilde, atenta. Aún sin conocernos, nos invitan a
su casa. Este es el espíritu del Bombero, gente que no dudará en
compartir contigo lo poco que tiene. Otra señora nos ofrece agua lluvia
para calmar la sed. Dice que es mejor que el agua de la ciénaga, que es verdosa
y contaminada en algunas zonas.
Mientras
vamos saliendo del pueblo, entiendo su queja. Hay decenas de mujeres en la
ciénaga, con el agua a la cintura lavando su ropa, ante la ausencia de
acueducto doméstico. A su lado hay varios jornaleros bañando a sus caballos,
jóvenes mototaxistas lavando sus motos, un hombre descamando uno de los pocos
bocachicos que aún merodean estas aguas, y por último, un joven con varios
tanques de agua que llevará a su casa para beber y cocinar.Esta es Bomba, tierra de contrastes. Por un lado la riqueza de vida, de peces, garzas, patos, loros, iguanas, icoteas, caimanes; también la riqueza generada con muerte, como la del paramilitar Jorge 40, sus terratenientes y secuaces, que establecieron hace unos años su base muy cerca de aquí, para tener el control de toda la zona.
En el otro
extremo, dos niñas se preparan para un futuro incierto y la pobreza de espíritu
que condena a sus pobladores a vivir muchas veces en la miseria. También
están de este lado los pescadores, que en muchas ocasiones -ante la falta de
peces- recurren a cazar a los ángeles guardianes que vuelan sobre sus cabezas,
para poder tener que comer. Comer significa esperar otro día. Ese día comenzará
nuevamente con los gallos llenos de incertidumbre, cantando insistentes hasta
que el sol se asome detrás de la Sierra.