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| Fuente: Dipity.com |
- ¿Me preguntas qué de donde sacó Dios la tierra con la cual hizo el
Mundo? -
-Te
respondo: yo nunca he discutido con nadie, tengo una mente facultativa que no
me permite hacerlo. Y tú sabes que he sido siempre un hombre de racionamiento. Es por él que he podido identificar las distintas clases de inteligencias que
andan por el mundo como el volante cometa. ¡Je mente la mía a la que nunca se
le ha mojado la pólvora! ¡Carajo ¡ mente que tengo guardada en mi cabeza que
nunca ha sufrido de esa enfermedad que llaman torpeza. Te digo que existen dos clases de
inteligencia. ¿Qué cual es la mía? Hombre la ligera, porque soy capaz de componer
versos mientras tú no haces uno solo: “Mi
mente que pensaba/ y mi Dios que la guiaba/ y enseguida le hice un verso/ que tan
linda luz dejó en todo el mundo”. No te olvides que la inteligencia es
cosa de esforzar porque ella nace bruta. ¡Eso es verdad¡ Bruta como aquel que
creé que toda cabeza es un mundo; Noooooo, lo único cierto es que cada quien
tiene en su cabeza un pensamiento distinto.
- Pero,
Rigoberto, aún no me has contestado la pregunta de donde sacó Dios la tierra
con que hizo nuestro planeta
-Rigoberto mostró en su rostro el rictus de la
rabia y riposto en voz alta: ¡Mira Gabrielito¡ el hombre alcanza a dibujar el
mundo en un papel pero jamás lo pone a temblar como lo hace la naturaleza. Hay que contemplar la naturaleza. Para eso me levanto todas
la madrugaditas a observar el cielo y, caramba, me doy cuenta de cómo caen a la tierra pajitas encendidas. Me da
miedo que incendien, a horas tan incompetentes, mi casa de techo de palma. –En las madrugadas cuando salgo en mi burrito, camino a la roza, comienzo a
contar las estrellas que alumbran el cielo, una por una. Me doy cuenta que hay
demasiadas. Se me repleta la mente de palabras y la garganta de deseos de
hablarlas: hasta me da miedo
que me atraganten y me
ahoguen.
- Rigo,
perdona que te interrumpa, -Exclamó Gabriel abanicando un sombrero- pero después de tanto vocinglear no me has
respondido ¿de donde fue que la sacó?
– ¡Oye Gabriel! no creas que lo semejante
es igual a lo parecido-. Yo nunca discuto, para eso soy un hombre facultativo.
Es que si me hubieran enviado por más tiempo a la escuela, vea por esta región
no existiera bachillerato, de esos que se gradúan todos los años, que me viera la
cara en conocimientos. Pero, que va, después que a Papa lo sacaban del empleíto
que siempre le daban en la Alcaldía, el sostén de la casa eran ocho tetas de
una vaca que no daban leche ni para el café del desayuno; como iba a llegar
lejos en la escuela. Con los más grandes sacrificios fui a la escuelita
privada que tenía Ana cerca de la plaza de este pueblo. Ahí aprendí a contar.
Como no lo iba a lograr si me pasaba toda la tarde detallando los piojos que
caminaban en la cabeza de la seño mientras ella pretendía meternos las vocales
en la mente a punta de jalones de “pela dientes”. Y que conste que la merienda
que llevaba a la escuela era una batata asada y una botella de agua, porque en
la casa no había plata ni para comprar una cocada de esas que le decían “tejas”.
Vea, nunca tuve un profesor “antinglado” y no pasé de la letra “P”
en la cartilla de cartón, pero, ¡carajo! si hubiera pasado de esa letra, mejor
ni lo digo ¡Es que mi mente siempre he sabido llevar la minuta de lo grueso con
lo delgado!.
Después de unos segundos de silencio Rigoberto retomó la conversa con un notable tono de aclaración: ¡Hombre!, pero no creas tu que siempre fue así. La mano se nos compuso un poco cuando nos dimos cuenta
de que el vecindario se levantaba todas las madrugadas a trabajar después que
Papa estornudaba a la misma hora. Era un puntual despertador, el gallo de la cuadra. La situación se nos compuso después de que los
amenazó con no estornudar más si no compartían con él el café con yuca harinosa que se comían después del
exhalo.
El rojo del cielo veranero se mezclaba con las ya escasas hojas del trupillo, dandole a la conversa una mezcla de sutiles luces y profundas sombras, cuando se escuchó nuevamente la voz de Rigoberto: Vea Gabrie, la mente es
de esforzarla. Un día me levanté en la madrugada, tempranito, a la hora de
siempre, de pronto vi el mundo iluminado como si la noche fuera día; ahí fue
cuando me di cuenta de que cuando Dios hizo el mundo lo hizo de un “solape”, por eso apenas lo están
descubriendo.
La tarde
moría. La noche portaba entre sus manos la sabana de la oscuridad para tapar
los rayos solares que aún trataban de introducirse por las hendijas del día. Se
hizo el silencio. Rigo echó un vistazo alrededor. Notó al silencio. Entonces
comprendió que Gabriel había abandonado el lugar de la controversia, se había
ido. Sin embargo a solas exclamó:
-¿Qué de dónde
sacó Dios la tierra? no lo sé; pero de que la hizo, la hizo, porque ella no ha
podido formarse sola. Pero, eso sí, me tienen que decir si Dios es negro o
blanco, ¿cómo es? lo deseo saber. -Es que la historia sagrada tiene déficit: si Adán y Eva tuvieron dos hijos
varones, entonces ¿cómo se reprodujo la humanidad?.
Hizo
silencio y en medio de la oscuridad, que era más incesante, observó el sendero
por donde debió partir su interlocutor, se encaminó hacia él, compaginando la
siguiente composición: Como yo se los decía/ de todo corazón/ voy por la
misma vía/ a visitar al sol.
